Capítulo 3 de mi libro: Silencio.

¡HOLA A TODOS MIS LECTORES!

Hi, guys! 

Tal y como os prometí, aquí tenéis el tercer capítulo de mi libro “Silencio”. Si no habéis leído El Segundo, os dejo el enlace aquí para que no os perdáis. En él, ¡podréis encontrar el primer capítulo! https://laurenizquierdo.wordpress.com/2017/09/14/segundo-capitulo-de-mi-libro-silencio/

Espero que disfrutéis de este puente, que al final, en eso consiste, en deacansar y en mi caso, en ir adelantando cosas para la universidad. 

Gracias por leerme semana tras semana ¡y muy pronto nos veremos con otro post en Talla Treinta y Ocho!

Muack!

L.I.

CAPÍTULO III.

Un error tras otro.

A la mañana siguiente el café me supo más amargo que de costumbre. Supuse que era debido a los nervios que mi estómago cocinaba en su interior. Por más que me esforzaba en insistir para que mi subconsciente no se preocupara de nada, no lo lograba. Algo me gritaba que las cosas deberían cambiar para que la nada se convirtiera en lo normal. Menuda ironía. Menuda redundancia.

Abrí mi armario insegura. Nada me convencía. Esto no era normal en mí. Nada me parecía adecuado. Quise hacer lo de siempre: escoger dos prendas al azar, pero me sentía ridícula, agobiantemente ridícula con todo. Al final hice de tripas pensamientos. Escogí un pantalón vaquero desgastado y una americana de pana beis. Pana beis, ¿por qué me compraría yo esto? No me visualizaba con el aspecto de la secretaria del director de la empresa de compraventas más importante de todo Nueva York. Por Dios, llevaba una americana de pana. ¡Y encima beis! Tampoco me sentí capaz de emparejar mi abultada melena, eso suponía un trabajo mental grandioso. Me encantaría saber cómo se las apaña Sarah Jessica Parker. Así que la recogí en una coleta baja.

Ningún taxi frenaba a mi petición. Era exasperante. Lo único que me faltaba era llegar tarde el primer día de mi nuevo empleo. Al fin uno paró. Lanzarme a la calzada habría sido mi segunda opción.

-¿A dónde la llevo?- me preguntó.

-A West Side.

Enseguida arrancó. Por un momento parecía que la gente corría hacia sus destinos, pero era el resultado de mis nervios incontrolables, los que recorrían mis venas de punta a punta de mi cuerpo. No entendía por qué me sentía así. Ni siquiera lo pensé la pasada noche, pero estaba segura de que si lo hubiera hecho, no hubiese dormido. No sabía qué era lo que prefería. Últimamente nunca lo sabía.

-Aquí- espeté.- Pare, pare. Ya he llegado.

-¿Trabaja aquí?- preguntó… ¿sorprendido?

-Sí, ¿por qué?- fruncí el ceño.

-Ahora entiendo por qué parecía un chihuahua en pleno invierno.

-No es mi primer día- dije. ¿Pero por qué le doy explicaciones a este señor?-, pero me han ascendido sin esperarlo.

-Y eso es peor, ¿me equivoco?

-Digamos que es complicado- sí, esa sería la definición perfecta.

-Pues suerte, morena- me dijo.

-Gracias- mencioné tras pagar.- Las voy a necesitar.

Me situaba delante de aquel gigantesco edificio. Me sentía como el primer día que llegué aquí. Me sentía como un pez fuera del agua, asustada, como lo estaría cualquier intrusa en una empresa donde todo el mundo se conoce, como una simple becaria, a pesar de tener bastantes años de experiencia. Lo cierto es que causé una impresión inmejorable el primer día que llegué. No conocía a mi jefe, y eso me hacía feliz. ¡Ojalá hubiera seguido siendo así! Hice una amiga pronto, Claire. Tiene el cabello rosa. Dios, ¡qué loca está esta chica!, pero como la quiero. Martín y yo salíamos mucho con ella y sus novios. La verdad es que no la había visto más de dos semanas con el mismo chico. No es una chica de relaciones largas. Ni cortas en realidad. Claire es el tipo de persona que solo podrá llegar a amar a ella misma. Es espontánea y divertida. Claire tampoco se separó de mi lado cuando ocurrió lo de mi madre. ¡Hasta se compró una peluca castaña para su funeral! La diferencia era que ella supo sortear mis esquivas. Vaya. Era lo único valioso que podría citar de mi empresa sin que aquello me produjera arcadas. Por lo demás…, supongo que tendría que confesar que me costó barbaridades acostumbrarme al régimen del funcionamiento, pese a que así fueron mis primeros meses en La moda como arte, donde nadie me conocía y me apodaron como la chica de los zapatos extravagantes, en realidad extrafalarios, pero extravagante suena más elegante. Lo importante era que me brindaban la oportunidad de comenzar de cero, y esperaba que todo fuera a mejor. Hay quien dice que todos los cambios son buenos, aunque yo planteo serias dudas ante esa teoría inestable.

El ascensor no quería llegar a la sexagésima planta, y la verdad era que yo tampoco. Caminé hacia mi mesa y me senté. Suspiré. Me dolía el cuello.

-Hera Harrison, preséntese en mi despacho- una voz fúnebre me llegó por el lateral derecho.- Ya.

Ni siquiera el día había comenzado. Era imposible que ya la hubiese fastidiado. Miedo. Qué horrible sentimiento. El despacho permanecía en la más abrupta penumbra. Mi jefe se situaba observando el gran ventanal con los brazos detrás de la espalda. Me preguntaba que se pasearía por la mente de aquel hombre.

-¿Tiene idea de la hora que es?

-Las ocho y tres minutos, señor- contesté mirando mi antiguo Lotus.

-Exacto- se giró hacia mí.- Llevo trece minutos esperando a que usted se digne a venir. Debe saber que yo siempre llego diez minutos antes, Srta. Harrison. ¿Y sabe por qué?- hizo una pausa muy breve.- Porque soy una persona eficiente y porque me entrego a cuerpo y a alma a esta empresa, como debe empezar a serlo. Si llego diez minutos antes, usted, Srta. Harrison, debe llegar estar aquí veinte minutos antes por si mi chófer pisa el acelerador. ¿Entendido?- posó sus brazos encima de su escritorio y se abalanzó hacia mí. Su intención era intimidarme. Y lo consiguió, ya lo creo que lo consiguió.

-Entendido- tragué saliva. ¿Qué otra cosa podía decir? Lo que menos necesitaba era un despido. No podía quedarme en la calle después de todo.

-Está bien- respiró hondamente.- ¿Y mi café?- se metió las manos a los bolsillos.

-¿Qué café?- no entendía de qué me estaba hablando. ¿Tenía que traerle un café? ¿Por qué nadie me lo había dicho?

-¿Me está diciendo, Srta. Harrison, que ha llegado trece minutos tarde y no me ha traído mi expreso desnatado sin lactosa?

-No sabía que debía traerle un café- fui franca.- Ni que era intolerante a la lactosa.

-Pues yo no sé si debo despedirla- exacerbó. Ahí me quedé helada. La vena de su cuello se había hinchado.- Debe no, tiene que traerme un café desnatado sin lactosa todas las mañanas- se sentó en su negra silla de cuero.

-Puedo traerle uno ahora- sugerí.

-Ni se moleste, ya se ha encargado usted de amargarme la mañana- cogió un portafolios.- Necesito que llame a todas estas empresas para que me confirmen su asistencia. Son los accionistas- me aclaró.- ¿Cree que podrá hacerlo, Srta. Harrison, o no sabe dónde está el teléfono?

-No pinta difícil- espeté con una pizca de ironía.- Podré hacerlo.

-Bien- se puso serio.- Cuando termine, reserve en el restaurante italiano del final de la calle. Parece que se ha puesto de moda y quiero dejarme caer por allí. Marketing, publicidad… Sabrá cómo funcionan estas cosas- le restó importancia.

-¿Reserva para uno?- pregunté.

-¿Está de coña?- exacerbó. Yo pegué un respingo al ser testigo de su actitud grotesca.- Hoy es lunes. Los lunes siempre como con mis hijos.

-Está bien- por dentro quería gritar. Me estaba sacando de quicio. No entiendo como mi antecesora pudo aguantar tanto.

-Y tráigame estos informes para mañana.

-Pero esto me llevará todo el día- quería morir. Que alguien traiga una espada y un ataúd.

-Pues será mejor que empiece ya, ¿no lo cree?- alzó una ceja.

Pude ver con mis propios ojos cómo disfrutaba de aquel momento. Podría matarlo con mis antiguas técnicas de taekuondo. Seguramente me habría ofrecido el puesto para hundirme y para que me autodespidiera. Así no tendría que otorgarme el finiquito. Bonita táctica. Como lo detestaba.

Asentí con la cabeza.

-Ah, y una cosa más- espetó.- No se olvide de mi café.

¡Juro que lo estrangularía con mis propias manos!

-No lo haré.

Salí de allí lo más deprisa que pude sin llegar a echar a correr. Café, socios, reservas, documentos… Y tan solo era el primer día. Esto podría terminar conmigo. Esto terminaría conmigo.

Cuando levanté la cabeza de mi mesa eran las once y media de la noche. Me recosté en aquella silla incómoda. Había terminado, y no había nadie en la oficina. Nunca me pareció tan solitaria y tenebrosa, aunque lo cierto era que se respiraba tranquilidad y un cierto silencio consolador. Era hora de regresar a casa. No había cenado y mi estómago protestaba.

Pasé por un supermercado veinticuatro horas antes de llegar a mi apartamento. Compré fideos instantáneos, algo ligero para irme a soñar con los angelitos. Últimamente había engordado un par de tallas. El deporte y yo nunca fuimos compañeros. Cuando salía con Martín me animaba a salir a correr todas las mañanas antes de ir a trabajar. Nunca me apetecía, siempre gruñía e intentaba persuadirlo con “otro tipo de deporte”, pero me terminaba convenciendo y digamos que gracias a él, me mantenía en forma. Quizás debería volver a hacerlo, el deporte, lo de Martín es algo que ya no tiene remedio. De todas formas, como mi vida siguiera girando en torno a la exigencia inaudita de Max, ni ejercicio, ni vida, ni nada.

Nunca había llegado tan cansada a casa. Aquella noche ni siquiera hice intentos por ver la teletienda. Me duché, puse los fideos a calentar y me los comí mientras ultimaba los detalles de los informes con ayuda de mi viejo portátil, otra cosa para la lista de cosas por renovar.

Girando en torno a la una de la madrugada me acosté, pero un extraño sentimiento desconocido, embriagado de soledad me inundó. Hacía mucho tiempo que no me sucedía tal cosa… Años, meses… Sin darme cuenta mis ojos se inundaron como víctimas de un tsunami, de lágrimas saladas.

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